martes, 7 de agosto de 2012

Por un México de actores

Cd. Victoria, Tam.- En mayo pasado cumplió 40 años la embajada de México en China y ello evoca la primera visita presidencial a la ciudad que entonces llamábamos Pekín (hoy Beijing) donde gobernaba el legendario MAO TSE TUNG (hoy ZEDONG).
De aquellas madrugadas tibias de 1972 queda el asombro de los reporteros mexicanos cuando, al cruzar por parques y plazas, se topaban con multitudes de adultos, niños y ancianos practicando un deporte por entonces exótico, especie de danza ritual llamado Tai-Chi.
A la mirada occidental debió costarle entender el sentido de dicho arte marcial donde nadie compite para derrotar a un contrincante por la sencilla razón de que el contrincante no existe. Se trata de una disciplina “no adversarial”.
O, en todo caso, la lucha es consigo mismo, contra el músculo flácido que debe volverse firme y la articulación rígida que busca tornarse suave. La batalla transcurre al interior de cada cuál, por la salud y la vida.
No hay copa o diploma que pelear, ni mano que deba ser alzada por réferi alguno mientras el prójimo se retuerce en el suelo. Nada de eso, por fortuna.
Hoy me viene el recuerdo a la mente al ver el medallero de la olimpiada en curso donde China encabeza la lista de triunfos con 31 preseas de oro, 19 de plata y 14 de bronce, con un total de 64.
Decisivo el esfuerzo de las instituciones chinas en los cuatro años previos para llegar en buena forma. Ayuda el ser la nación más poblada del globo.
Aunque el verdadero secreto de esta gran cosecha radica en su base social que antes de ser espectadora es practicante cotidiana de un abanico amplio de disciplinas.
En contraste, a la media tarde de este lunes México llevaba 3 de plata, 2 de bronce y ninguna de oro. En total 5 premios.
Resultado magro para esa delegación de 102 atletas que abanderó FELIPE CALDERON el 29 de Junio pasado con un discurso que pecó de triunfal.
En particular cuando dijo que dicho grupo representa: “un México ganador que se crece ante la adversidad y supera uno a uno todos sus desafíos.”
Disculpe usted, pero ese país no existe. La idiosincrasia nacional es de espectadores pasivos que reducen su afición a poblar los estadios, entripados con cerveza y comida chatarra.
País líder en obesidad (en esto sí, oro y plata) destacamos también en los males asociados: diabetes, osteoartritis, hipertensión y algunas formas de cáncer.
Y ocurre en el deporte como en la industria del entretenimiento. Abismo brutal entre la nación que aplaude y el pequeño grupo que decide por los demás.
De ahí la pregunta para los diseñadores de la política deportiva, sus burocracias y mandos: ¿Que es más importante, la gloria efímera o la salud pública?
El comodino culto al oropel ha desplazado por años al fomento de la práctica social del deporte, esa que no necesita uniformes, ni tenis de marca, ni banderas, ni himnos.
Poblar el salón regional de la fama con trofeos que “ponen el alto” el dignísimo nombre de la ciudad, el estado o el país no disminuye un ápice nuestra condición de pueblo subalimentado, pasivo, sedentario y enfermo.
De ahí mi observación hace unos días en la red del pajarito donde dije que me sentiré orgulloso del deporte mexicano cuando vea a millones participando y no aplaudiendo desde sus butacas.
Y, bueno, la semana pasada en la capital tamaulipeca fue puesto en marcha un parque de barrio de los 10 que están planeados para entregarse este año con dinero estatal.
Son espacios de reunión para la práctica horizontal del deporte y también la recreación familiar, entre árboles y vigilancia.
Leo y opino. No hay mejor uso del presupuesto deportivo que este, por su efecto multiplicador en la salud pública que a su vez robustece al tejido social.
Si en los años venideros, acciones así fuesen prioridad y regla general en toda la República, en verdad me importaría muy poco (nada, acaso) que algún paisano se traiga un cuarto lugar en esgrima, un “casi-casi” en jabalina, un “por poquito” en box o un “ya merito” en futbol.