jueves, 2 de agosto de 2012

¿Centralismo recargado?


Cd. Victoria, Tam.- Al primero de diciembre próximo, doce años habrá permanecido vacante el título honorífico del “primer priísta de México”.
El último mandatario que lo portó, el doctor ERNESTO ZEDILLO, lo hizo a medias. Se diría, incluso, que desmanteló la silla por etapas.
Su gobierno (1994-2000) inició bajo la consigna de observar una “sana distancia” hacia el partido que lo postuló, aduciendo que gobernaría para todos.
Renunciaría luego al “dedazo” en la selección de candidatos a las gubernaturas, delegando la tarea en los grupos políticos locales. Finalmente entregó la presidencia.
Por ello, entre las interrogantes que hoy despierta el ascenso de ENRIQUE PEÑA NIETO destaca la manera en que ejercerá el poder hacia el interior de su partido.
Hay versiones encontradas. Sus críticos más severos presagian una época de mano dura, intolerancia y presidencialismo reconcentrado.
A la inversa, el propio PEÑA NIETO se ha pronunciado en favor de un cambio efectivo en su partido.
Los verbos que más emplea el mexiquense son renovar, actualizar y reformar, según dice, en función de “los tiempos modernos y de los tiempos democráticos”.
Aunque ello no aclara, todavía, si permitirá a los comités estatales del PRI la designación autónoma de sus candidatos a gobernadores, diputados y presidentes municipales.
Se diría que el PRI ha conocido ambos extremos y, al respecto, valdría ubicar tres períodos:
(1) Las siete décadas iniciales (1928-2000). Priva la sujeción absoluta de la periferia al centro y el llamado “fiel de la balanza” palomea toda clase de listas, en cargos federales y locales.
En el rubro de los mandatarios estatales, la decisión venía indistintamente de Los Pinos y la asumía el Presidente tras consultar a sus más allegados, los titulares de Gobernación, el PRI y algunas voces cercanas.
(2) Los años de la alternancia panista. Los comités estatales del tricolor cobran una extraordinaria autonomía en la designación de todos los cargos regionales y la gran decisión sexenal se vuelve asunto doméstico, en particular donde el PRI es gobierno.
La lógica cambió drásticamente. Para los aspirantes al más alto cargo estatal perdió utilidad el tener grandes amigos en Bucareli, Insurgentes Norte o Palacio Nacional, puesto que la decisión se tomaba en la capital de cada estado.
(3) Primero de diciembre del 2012. ¿Cuál será el rol del presidente en los asuntos de su partido y hacia las decisiones que deban tomar los mandos regionales?
Al respecto, desde los oráculos de café se suelen tejer escenarios apocalípticos que profetizan el regreso del gran TLATOANI, cuya ferocidad se esmeran en describir.
Ese todopoderoso presidencialismo mexicano (ahora “recargado”) cuya agenda incluye, como primer inciso, el avasallamiento de las estructuras regionales.
No obstante, una visión intermedia y bastante más mesurada podría indicarnos que los comités regionales seguirían con un grado alto de autonomía en sus decisiones, sólo que ahora supervisados desde el poder federal.
No habría regla única para toda la república pues cada caso se vería por separado, con el concurso de ambas instancias, la local y la nacional.
Los poderes nativos conservarían un margen decoroso de maniobra, pero lo deberán defender palmo a palmo en la mesa de la negociación con la cúpula central.
Mi impresión es que el nuevo presidencialismo priísta se reservará el poder de veto pero lo aplicará sólo en los casos donde una selección visiblemente errática ponga en franco riesgo la victoria.
Habrá recomendados del centro que vengan a hacer política doméstica, pero ya no en los términos absolutistas que se acostumbraban antes del 2000.
La pluralidad de fuerzas nacionales cada día más competitivas sería una razón poderosa que impediría el retorno del centralismo arcaico.
Súmese a ello, la experiencia imborrable de haber sido oposición estos 12 años y se verá por qué una vuelta ciega al pasado resulta altamente riesgosa para el PRI.
Guste o no, el país cambió y para bien.