Cd.
Victoria.-
Se necesita estómago para cubrir periodísticamente las alocuciones de AMLO (todas)
incluyendo informes trimestrales y anuales, las cinco mañaneras (lunes a
viernes) mas los mensajes especiales de sábado y domingo.
Maratones de palabras. Experiencia
abrumadora que incluye tragar sapos, verdades a medias, mentiras flagrantes,
interpretaciones sesgadas, estadística mendaz, arrebatos de poesía patria, reprimendas
bíblicas.
Y una exposición recurrente de rencores añejos,
agravios reales o ficticios, en cuyo nombre se maquillan diagnósticos, enderezan
apodos y formulan cargos del más diverso corte.
AMLO es así, lo suyo es el verbo. Monologar
a perpetuidad, de manera incontinente, mientras el sexenio lo permita, pues sabe
lo mucho que su efectividad depende de ello.
Relación, en efecto, dependiente,
adictiva, acaso, hacia el ejercicio de la voz. Eterna necesidad de deslinde
hacia todo aquello que, por serle ajeno, le resulta hostil.
Lo dijo alguna vez en Palacio, cuando
empezaba la pandemia. Sus adversarios (se quejó) quieren que cancele las
conferencias matutinas, pero (añadió) ello sería darles ventaja.
Ups, ups y recontraups, a ver, paren
cámaras, congelen imagen, permítanme preguntar…
-¿O sea que si no habla está en
desventaja?...
Mire usted, habrá quien piense (la
mayoría, creo) que la prueba más contundente del buen trabajo institucional
radica y se expresa en el lenguaje de los hechos. La materialización de logros y
avances concretos.
A la inversa, en Palacio Nacional dicha
función recae en el sacerdocio de la palabra. Baste decirlo para que exista,
invocar es dar vida, soplo mágico.
El discurso, la alocución, la voz perenne
del chamán que separa una y otra vez lo existente de lo inexistente. Dónde radica
lo cierto y lo verdadero.
-“Ya no hay masacres”, dice cuando
aborda el asunto de la inseguridad, aunque la familia LE BARÓN acaso opine lo
contrario.
-“Se respetan los derechos humanos”,
mientras en Nuevo Laredo avanza un caso en torno a un delincuente y sus víctimas
ejecutados por el ejército.
El Presidente se empeña en contarle a la
gente más sencilla todo aquello que haga falta para reforzar la decisión expresada
hace dos años en las urnas, los 30 millones. ¿El pueblo tiene memoria débil?
No necesariamente. Más bien, el guión
dirigido al tímpano busca oscurecer los datos que vienen de la mirada. Si el
mundo de lo visible ofrece un diagnóstico infame, que el oído apuntale la
melodía purificadora.
La pandemia bajó, la economía se recupera,
hay menos delitos que en sexenios anteriores. Sanación auditiva, en efecto, que
apela a los estratos más arcaicos del entendimiento.
No busca arraigo en la mente, se conecta
al corazón. Consciente está de que el oído es anterior a la palabra y escuchamos
antes de saber hablar. Antes incluso de que los ojos enfoquen y distingan
contornos.
Y, por supuesto, escuchamos antes de leer.
De aquí la importancia que AMLO otorga al oficio de predicador, de proselitista
en jefe. Su desprecio a lo textual.
El periodismo podrá exponer un caudal
macizo de argumentos y demostrar el mal trabajo de gobierno, pero su voz se
sobrepondrá a lo escrito para declamar lo contrario. Verdad primera y última, de
nadie más, expresada en tono de jaculatoria, como le gusta a la gente.
De aquí la respuesta tan genuina,
palpable, innegable, que encuentra el jefe supremo entre los sectores más audiosensibles.
Los menos reflexivos.
Esos que (no por casualidad) son mayoría
en este país. El llamado “pueblo bueno y sabio” cuya razón se eclipsa cuando asoma
ese rostro cada mañana, señalando derroteros tajantes al consentimiento.
Su apuesta es (precisamente) que no
piensen. Que confíen, porque la palabra confiar viene de orientar el
comportamiento colectivo a partir de la fe.
La política en los tiempos de LÓPEZ
OBRADOR no se hace debatiendo ideas sino acatando dogmas. Verdades inobjetables
que el sumo pontífice dispensa a diario, haciendo suyo el principio de
infalibilidad que antes conocimos entre los papas romanos.
En esto debes creer, a tales y cuáles debes
odiar, la bondad florece aquí, la maldad pernocta allá.
¿Segundo informe?... Mire usted, razón asiste
a quien duda hoy de la palabra “segundo”. Incluso podríamos decir que su antecedente
no es el denominado “primer informe” (septiembre de 2019) sino todos los reportes
trimestrales.
Aunque antes de los trimestrales existieron
las mañaneras. Sin ánimo de ofender, para fines prácticos el mensaje es el
mismo.
Cifras más, cifras menos, la homilía de
este martes no fue más que una mañanera con esteroides. Aunque más cómoda
todavía, porque no incluyó preguntas de los asistentes.
Mucho lirismo y poca administración.
Pobreza de datos y acaso por ello jamás podríamos ubicar a dicha lectura en la
categoría regular de un documento. Ni siquiera recuento de labores, muy apenas parloteo
informal.
En las democracias europeas, ceremonias
de este corte suelen abrir dinámicas para que los parlamentarios planteen dudas
y posicionamientos al expositor central.
Acá solo aplauden y cantan el himno. ¿Quién
dijo que el viejo monólogo tricolor está muerto y enterrado?
Cambió para no cambiar, es todo.